lunes, 26 de marzo de 2012

AZUL BILBAO

AZUL BILBAO

SANGRE AZUL

La gente se agolpaba curiosa, en la puerta de la tienda. Intenté adivinar lo que sucedía. Logré ver a un hombre en el mostrador y ante él, un desesperado dependiente. La cara del empleado mostraba angustia y un cierto grado de enfado. Pero, sobre todo, era el vivo reflejo de la duda.-¿Qué pasa?-peguntó un mozo intrigado-Dicen que un hombre ha pedido algo y no le entienden-respondió una señora, con vestido de vivas flores.-¿Y por qué no le entienden?-gritó un niño, hacia las caras de los mayores-Porque será extranjero-apuntó un señor de gafas oscuras y grandes bigotes.-Seguro que americano o ruso-comentó una chica con trenzas.-¡Pues menuda cola está montando!-Sentenció un jubilado de esos que no tienen que hacer nada y que siempre tienen prisa. Pero no. No era americano. Tampoco ruso. Era de Bilbao. Del centro, centro. Y solo quería que le vendieran un bote de pintura. Se había desplazado a vivir a Madrid y quería pintar la casa del color de su alma botxera. De azul. Pero no de un azul cualquiera. Cobalto, añil y blanco titanio. Sangre Azul. El color que ofrece el cielo del Botxo cuando, tras un día de lluvia, se unen tarde y noche y las nubes se alejan, otorgando perfecto broche. El azul Bilbao. El que no se puede explicar, aunque nos tiremos todo un día. Que se lo pregunten sino, al empleado de la droguería.

Tomás Ondarra y Jon Uriarte

miércoles, 21 de marzo de 2012

Bollo de Mantequilla

BOLLO DE MANTEQUILLA

BOLLO SIN NOMBRE

El niño, que hoy es hombre, se comía el azúcar espolvoreado antes de tocar la mantequilla. Lo hacía con precisión milimétrica. Utilizando, tan solo, la punta de la lengua. Como si de un afilado lápiz se tratara. Capturando, uno a uno, los minúsculos dulces de cristal. Después, lamía despacio el borde lateral. Con respeto. Evitando penetrar demasiado hondo. Lo justo, para definir la línea de las paredes. El final del proceso dependía del momento y la compañía. Y por compañía me refiero al resto del menú. Como más le gustaba, era untado en chocolate recién hecho. Orgía de sabores. Pero, otras veces, el chocolate se apretaba en onza y se acomodaba en la cremosa cama blanca. Su madre optaba por darle discretos mordiscos. Siempre limpios y medidos. Intercalados, entre sorbos de café con leche. Muy de señoras. Muy caliente A veces con azúcar, otras con sacarina. Su hermano, en cambio, lo abría impúdicamente. De par en par. Para dar buena cuenta de la frágil mantequilla, antes de tocar el bollo. Entonces no lo sabía. Pero aquél manjar era villano. Y fiel a su tierra, añado. Resulta extraño que no triunfara en otras. Puede que haga falta que la lluvia golpee los cristales de una vieja cafetería, para entender todo su duende. Pero hay algo que no se comprende. Un día nostálgico y orgulloso, el niño que hoy es hombre, lo llevó consigo a otras tierras. Y triunfó a la primera. Por lo tanto puede que el bollo de mantequilla, simplemente, no quiera ser famoso. De ahí que no tenga ni nombre. Es lo que tiene ser único. Es lo que tiene ser grande.

Jon Uriarte y Tomás Ondarra

martes, 13 de marzo de 2012

SAN MAMÉS. LA CATEDRAL

SAN MAMÉS

LA CATEDRAL

LA CATEDRAL DE LOS SENTIMIENTOS

La llaman Catedral del futbol. Pero se quedan cortos. En San Mames, cabe mucho más que futbol. Por tener, tiene hasta su propia atmósfera. Esa que te da la vida, con solo respirarla una vez. Incluso si no has estado, te mueve pulmón. Aunque solo sea para suspirar. Por haber estado y no estar. O por no haber estado nunca y no poderla visitar. Nació un año 13. Dicen que es mal número si no crece. Por eso sigue ella expandiéndose. Más allá de lo físico, hablo de lo metafísico. Porque ni Aristóteles podría entenderla. Siendo campo cerrado, abre mente y espíritu. En ningún lugar del mundo suenan los rugidos como en ella. Ni los goles. Tampoco el aplauso al contrario. Ni siquiera el cántico al propio. Porque la Catedral no es un campo. Ni un estadio. Es otra cosa. En ella hemos visto ganar ligas y pasear copas. Hemos llorado y reído, varias veces, por cierto, en un mismo partido. Nada raro. Pero no me pregunten por el nombre de quienes se sientan a mi lado. No hace falta saberlos. Porque San Mames nos quiere así. Todos uno. O mejor dicho, una. Que al fin y al cabo, somos familia. Por eso nos envidian los rivales. Por eso luce imponente, a punto de ser centenaria. Y por eso da igual dónde la pongan. La Catedral seguirá siempre en el mismo sitio. En el corazón y en la memoria. Entre las pocas cosas de la vida, que de verdad merecen la pena.

Tomás Ondarra y Jon Uriarte

miércoles, 7 de marzo de 2012

SANTO SAN MAMÉS

SANTO SAN MAMÉS

EL SANTO QUE SUSURRABA A LOS LEONES

Lo que son las cosas. Tantos años acudiendo a su vera y nunca me había fijado en el sorprendente detalle. San Mames, es un “chuleta”. Santo, sí, pero va sobrado. Basta con mirar su pose, para comprobarlo. Hasta el león aguanta estoico el desdén del muchacho. Que, por cierto, más que fiera parece gato. Será por aquello que de la osadía juvenil a todos abruma. Y no solo cuando la luce el santo. Es la misma que exhiben y pasean, quienes visten la mítica zamarra del Club. La roja y blanca. La eterna. La que recorre la alfombra verde del templo sagrado. La que adopta como propia, la concurrida y variada parroquia. Haciendo del Athletic, una compacta familia. Esa osadía presenta el santo en la reliquia. Pero en seguida descubrió San Mames, que aquello no era vida. Cierto que, a veces, le daban sonoras alegrías. Pero otras, sufría dolorosas sangrías. Fuera por méritos del contrario o deméritos del propio. Incluso, a veces, por culpa del colegiado o de esa diosa, griega y pecadora, a la que llaman Fortuna. Así que tuvo que colgar la aureola una tarde y remangarse. Para ayudar el domingo y el sábado que se viste de domingo. No les digo nada, cuando se pasó a jugar todos los días. Que si ese penalti, que si ese poste, que si un gol, que si beste bat. Y él pensando, “En mala hora no me dejé comer por los leones”. Y es que, el futbol, exige demasiados milagros.

Tomás Ondarra y Jon Uriarte

martes, 6 de marzo de 2012

PICHICHI

PICHICHI

EL REY GOL

Fue hombre antes de ser leyenda. Y jugador antes de ser trofeo. Su nombre empieza con “R” de red y termina con “L” de gol. Normal que, Pichichi y el gol, sean uno. Hablo en presente, porque el mito tendrá tumba, pero no tiene descanso. Es la suya una eternidad, que nace al morir. A veces antes. Como le pasó a él. Ya era icono, cuando calzaba botas. En el barro del rectángulo de los sueños, construyó las mejores ilusiones. Las propias y las ajenas. A tanto llegó su arte, que atravesó el tiempo y el espacio. Haciendo que su nombre sonara a grito. Ese que sale de las entrañas y fluye por la garganta. Ese, que bautizaron “goal” y nosotros llamamos gol. Palabra inglesa, que le gusta usar al botxero. También al resto de los bizkainos. Y al vasco en general. En realidad, a toda gente de bien con ganas de alegría. Por eso, al recordar a Pichichi, sonreímos. Porque lleva retranca. Nunca pasó desapercibido. Sus tantos estrenaron marcadores, campos y catedrales. Alegraron los afines corazones y tocaron otra cosa, en los ajenos, que también acaba en “ones”. Fueran jugadores, entrenadores, directivas o aficiones. Porque siempre le envidiaron. Por genio y por ingenio. Por clase. Hasta en el irse tuvo arte. No pudo intoxicarse como los pobres, no. Lo hizo con ostras, como los reyes
Jon Uriarte y Tomás Ondarra

lunes, 27 de febrero de 2012

TONETTI

TONETTI

FILÓSOFO DE NARIZ ROJA

Las cenizas de Tonetti fueron lanzadas a nuestras aguas. A la ría. Que no deja de ser, según la RAE, “una penetración que forma el mar en la desembocadura de algunos ríos”. Pero también es el “imperativo del verbo reír, tercera persona del singular”. Y algo de imperativo tiene la risa.-Ría usted, por favor, aunque no ayude el entorno-. Con Tonetti comprendimos que la vida tiene doble cara. Risa y llanto. Un circo ambulante. Donde una cosa es la pista y otra los bastidores. La procesión va por dentro. Sabía el payaso bilbaíno, nacido cántabro, que de la risa al llanto apenas hay una mueca. Circo y mundo no paran de girar. Por eso, no hay más remedio que pintarse la cara y salir otra vez a pista. Por eso nos sentimos orgullosos de ser de un lugar que levanta estatuas a payasos. Confiéselo. A usted también le pasa. Cada vez que un bilbaino atraviesa el parque de los patos, devuelve el saludo a Tonetti. Porque no es lo mismo hacer el payaso que ser payaso. Para lo primero basta con ser torpe. Para lo segundo hay que ser muy grande. La de Tonetti no es solo la estatua a un payaso, sino a una filosofía de vida. La de un Bilbao que siempre supo poner, ante los problemas y las adversidades, buena cara y mejor sonrisa.

Tomás Ondarra y Jon Uriarte

viernes, 24 de febrero de 2012

PASTEL DE ARROZ

PASTEL DE ARROZ

PASTEL MENTIROSO

Nunca nos quedó claro qué llevaba Caperucita en la cesta, ni por qué el lobo la quería. Para mí, que era un pastel de arroz. Tamaño cuento, añado. Con su moraleja y su todo. Porque lo de este dulce es digno de reflexión. No sé si saben, que necesita un día completo para nacer. Con su mañana, su tarde, su noche y su amanecer. En ese tiempo, crece un centímetro. De seis pasa a siete. Y alcanza su esplendor. Como sus hermanos “el ruso”, “la carolina” y “el bollo de mantequilla”, su poder muere más allá de Altube. A veces, traspasa la línea. Pero poco. No sea que le cojan cariño y no pueda regresar algún día. Al fin y al cabo, sabe que es único. Tanto, que puede triunfar sin ayuda de otros. Solo ante el peligro. O ante la gula. Porque este pastel no se come por hambre. Que lo sacia. Sino por placer. Que lo asegura. De ahí que el lobo lo desee y Caperucita lo proteja. Morderlo proporciona tal cúmulo de sensaciones, que no hace falta nada más. Quizá un sorbito de café con leche. Pero por tragar, que no por necesidad. Aun así, no hace ascos a formar en caja junto a otros. Un pastel con forma de cesta y sabor a fábula. Al fin y al cabo, lleva cuento. Y, además de moraleja, sabrosa mentirijilla. Pero se le perdona. Porque no llevará arroz, pero lleva patria.

Tomás Ondarra y Jon Uriarte